¿Qué sucede en Cataluña? Independencia, proceso y retroceso

Comunicado desde el Casal Català de la Península de Yucatán

Josep Ligorred Perramon

Artículo original: http://www.yucatan.com.mx/imagen/comunicado-desde-casal-catala-la-peninsula-yucatan

Imagen: Joan Serra Montagut

Hace 20 años, un katún según la cuenta del tiempo de los mayas, que nos venimos reuniendo en el Casal con catalanes inmigrados en Yucatán, descendientes de ellos otros más y otros catalanófilos. La intención de este comunicado no es sólo hacer un poco de historia del Casal, sino que, desde las correspondencias entre algunos recuerdos de mi infancia y adolescencia en la tierra que me vio nacer, buscaré explicar el proceso que vivimos actualmente en Cataluña para lograr nuestra Independencia.

Con el impulso renovado provocado por la Ley de la Cataluña Exterior de 1996, nos juntamos un puñado de catalanes, yucatecos y yucatalanes; y en la conversación pusimos los cimientos de lo que un año después habría de convertirse el Casal Català de la Península de Yucatán, A.C. con el objetivo de difundir y promover la cultura y la lengua catalanas en la tierra de acogida, la Península de Yucatán. En el logotipo, una casa maya con el techo de palma pintado con la bandera catalana, y sobre la puerta el señalamiento K-OTOCH, que en lengua maya significa “nuestra casa”. Así quedaba imaginada aquella comunicación entre la cultura propia y la de la tierra de acogida.

Les contaré que mi infancia había transitado en las calles polvorientas de Manlleu, villa agroindustrial localizada en la comarca de Osona, en la Plana de Vic, a orillas del rio Ter, al pie de la montaña del Montseny, en el corazón de la Cataluña profunda, tierra de Mosén Jacinto Verdaguer, del bandolero Joan de Serrallonga, del teólogo Jaume Balmes, del dramaturgo Santiago Russinyol y del poeta Miquel Martí i Pol. En aquella infancia, los recuerdos de la Guerra Civil transpiraban todavía por ventanas y poros, y en no pocas sobremesas se desplegaban historias de mis bisabuelos, luchadores republicanos y anarquistas desde las trincheras de los pueblos de Cataluña y Aragón; eran los años desgastados de una dictadura que aún buscaba perpetuarse, y eran los tiempos en que los jóvenes empezaban a enfrentar y romper a una sociedad en la que las ideas y la cultura habían tenido que mantenerse calladas, y las personas tuvieron que dedicar esperanza y vida al duro trabajo en las fábricas y edificaciones, para la Gracia de Dios y del Generalísimo. Crecí entre los despertares de las sirenas que llamaban a la fábrica y de las campanas que convocaban a las misas, pero también entre los clamores y las primeras manifestaciones por la democracia.

Mi familia me inculcó el respeto a las diferentes formas de pensar; muchos de ellos, a pesar de haber vivido en carne propia las atrocidades de una guerra entre hermanos, tenían la fortaleza de creer aún, en el ser humano; y crecí aprendiendo de ellos, y con el ejemplo de vecinos y amigos, que el trabajo, realizado ya sea con las manos o con la cabeza, como siempre repetía mi padre, nos dignifica.

En aquel tiempo, con los amigos del pueblo nos reuníamos en la cancha de baloncesto, y en los conciertos de Llach, Raimon, Bonet, Muntaner, Rossell, Labordeta, La Bullonera o Paco Ibáñez, y largas noches sentados en las plazas del pueblo, junto a los fuentes y manantiales, o en sus bares y tabernas, empezábamos a remover el mundo, esperanzados por la luz que se había encendido a fines de 1975 con la muerte del Caudillo y la naciente democracia.

Fueron tiempos efervescentes de mi adolescencia, entre el clamor de “Libertad, Amnistia y Estatuto de Autonomía”, cuando vivíamos el principio de una nueva etapa histórica en Cataluña. En octubre de 1977 había retornado, precisamente desde México, el Presidente Tarradellas, y en marzo de 1980 habían tenido lugar las primeras elecciones al Parlamento de Cataluña. Pero todavía íbamos a tener que vivir sustos como el de aquel 23 de febrero de 1981, cuando un grupo de militares tomó el Parlamento español y puso en jaque a la democracia.

Es habitual que los catalanes cuando llegamos a otras tierras tenemos que explicar una y otra vez a nuestros anfitriones que es la catalanidad, y desde 1983 cuando llegué a vivir a México me ha tocado hacerlo también a mí. Recuerdo que al venir a estudiar y a trabajar en Yucatán -hace más de un katún-, en las conversaciones con mis vecinos yucatecos de Mérida, con los arqueólogos en las antiguas ciudades mayas de la Ruta Puuc, o con mis compañeros y maestros en las aulas de la Universidad, cuando decía que yo era catalán, la mayoría me respondían: “español, pues”, y entonces les tenía que explicar, y lo sigo haciendo, que a pesar del pasaporte vigente y de que la realidad político-territorial presente nos contenía con esa Nacionalidad, en mí, como en una buena parte de los habitantes de Cataluña, más allá de hechos diferenciales concretos, los sentimientos hacia nuestra tierra reclamaban en el presente un reconocimiento, un reconocimiento  y nos impulsaban de por sí a auto adscribirnos como catalanes y no como españoles, y  deseábamos poder tener el derecho a decidir nuestra Nacionalidad.

De todas formas, para la mayoría de yucatecos, yo seguiría siendo “el español”, o “Pepe”, en lugar de Pep o Josep. Así, iba creciendo en mí la necesidad de volverme activo promotor de la cultura catalana en el Yucatán de hoy. Aunque, en Mérida, cuando llegué, no puedo omitir que también muchos yucatecos, al oír que yo era catalán, me mencionaban a Don Juan Duch Colell.

Y es que Don Juan había sido ya un referente promotor de la cultura catalana, al igual que de la suya, la yucateca, en el siglo XX. Don Juan Duch Colell no sólo había manifestado su catalanidad en las tertulias intelectuales de Mérida, o en las cartas con sus amigos exiliados catalanes en México, sino también su yucatanidad, pues él hijo de padres catalanes había nacido en Yucatán, como hacía siempre que veía la ocasión y como consta en el artículo “Mi patria desde el mar” publicado en el suplemento dominical del Diario de Yucatán, el 2 de mayo de 1993, cuando se “lamentaba” así ante los lectores:

Y es que después de 72 años de ser yucateco, orgullosamente yucateco, todavía hay muchos que creen que no lo soy. No me disgusta, claro que no, el origen de mis padres. Eran catalanes y supieron amar a Cataluña. Eran catalanes y supieron amar a Yucatán. Yo soy yucateco y no tengo que dejar de amar a Cataluña. En Barcelona viví catorce años: toda mi infancia y el     inicio de mi adolescencia. No reduce el amor a la patria propia el tener sentimientos gratos por otras tierras. Grave resulta, eso sí, lo que a algunos les sucede; que ni siquiera quieren y sirven a la suya.

Muchos, fuera de Cataluña, como sucede en Yucatán, se preguntan ahora por qué si ya habíamos transitado a la democracia y habíamos establecido un pacto mediante la recuperación de un gobierno autonómico, los catalanes reivindicamos con ahínco nuestra Independencia. Lógico se me hace que piensen de esta manera, sobre todo porque España durante estos últimos 40 años surgió al mundo moderno de aquella oscura noche dictatorial, y los gobiernos socialdemócratas del PSOE al principio, de “izquierdas”, y las alternancias con los populares del PP, de “derechas”, y el discurso mediático de la monarquía borbónica que se había reinstaurado, por la Gracia del Caudillo, y galardonado con la etiqueta de la democracia, aunado al “estado de las autonomías”, dieron paso a una etapa de prosperidad económica. Pero, en el interior de Cataluña, los catalanes veíamos como década tras década aquellas cualidades de “trabajadores y ahorrativos”, que para los españoles nos caracterizaban, no sólo se volvían aspectos dignos de burla e ironía -lo cual con buen humor es llevadero-, si no que en lo efectivo los impuestos que año con año se depositaban en las arcas del democrático Estado español, no sólo no contribuían a mejorar nuestro bienestar -y el de ellos claro-, sino que al contrario, de allá no regresaba lo que según el pacto correspondería, y además, si alguien se atrevía a reivindicarlo quería decir que no éramos “solidarios” con los demás pueblos de España, o sea que además nos fuimos convirtiendo en los “malos” de la película. Nada más alejado de la realidad.

El modelo autonómico, que no está de más decir que se concibió e implementó en todo el estado español a partir de los antecedentes de la República en Cataluña, se volvió desequilibrado y al fin obsoleto para Cataluña. La Constitución española, también aprobada por los votos de los catalanes en su momento, empezó a sentirse como un lastre, y se buscó primero ampliar competencias del estado autonómico con un nuevo Estatuto, que una vez aprobado por el Parlamento catalán, fue recortado despectivamente en aspectos trascendentales por el estado español. Esta fue la primera insatisfacción y frustración en Cataluña, ya que en aquel Estatuto transpiraba la posibilidad de una gestión intercultural que con los recortes quedaba descartada.

El siguiente paso fue buscar un “pacto fiscal”, semejante al que desde la instauración de los estados autonómicos gozaban en el País Vasco y Navarra. Pero tampoco esta opción le pareció oportuna al estado español. Ante dos negativas como estás, a las generaciones que habíamos considerado que la democracia española podía ser aval del bienestar social y del desarrollo cultural propio, se nos cayó la venda de los ojos, y a las generaciones nuevas, nacidas y crecidas en la Autonomía, que ni venda traían ya. El espíritu democrático se renovó considerando que teníamos el derecho a decidir en las urnas el futuro político de nuestra tierra. Así, miles de catalanes fuimos ampliando nuestras ansias de libertad y solicitando en marchas multitudinarias el “derecho a decidir”. Las manifestaciones de los últimos 11 de septiembre, el día de la fiesta nacional, se volvieron fiestas para la libertad. El pueblo catalán, con sus asociaciones civiles, manifestó abiertamente la demanda de un Referéndum en el que pudiéramos eso, decidir, si queríamos un Estado propio o si queríamos continuar siendo parte del Estado español.

En los dos últimos comicios electorales al Parlamento de Cataluña, lograron la mayoría los partidos independentistas defensores del derecho a decidir, lograron la mayoría, con el mandato de las urnas. Tanto el Parlamento como el propio Gobierno de la Generalitat, buscó el diálogo con el Estado español para que, en común acuerdo, se llevara a cabo dicho Referéndum. No éramos los primeros ni en Europa ni en América en solicitar ese derecho, ya en el Quebec de Canadá y en la Escocia de Inglaterra, se habían dado ejemplos democráticos para ello.

Las manifestaciones multitudinarias se iniciaron en 2010 por los recortes en el gobierno español del Estatuto aprobado por los catalanes, y la gente comenzó a hacer sentir su malestar. Fue el movimiento social y ciudadano, que se movilizó y se organizó, ese fue un elemento básico, a partir del cual se solicitó y delegó a los partidos políticos que gestionaran estos anhelos. El 1 de Octubre fue la clara muestra de la fuerza de la gente, y marca un antes y un después como pueblo (“ni perdón, ni olvido”).

Pero el Estado español, haciendo fuego de las brasas de aquella “UNA, GRANDE Y LIBRE”, dizque bajo el cobijo de una “sagrada” Constitución, y con una Corona incapaz de diálogo con los republicanos, se ha aferrado a un NO intransigente y doloroso. Primero la negación, luego la intervención económica, administrativa y judicial, después la acusación de delitos de rebelión, sedición y malversación de fondos públicos, y el “presidio” o el “exilio” forzado de los representantes elegidos por los catalanes, y, siempre, la negación al diálogo. Ha sido una constante impugnación de cualquier iniciativa para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos, la recentralización de competencias, imponer vetos, impugnar acciones y poner trabas sistemáticamente en todos los ámbitos, automáticamente sancionar por parte del Estado. Todo junto ha llevado a un cúmulo de insatisfacción y de sentimiento de menosprecio.

El proceso catalán ha tenido muchos frentes de donde se ha alimentado y potenciado. Para el Estado español la democracia es sólo la que emana de la Constitución y no puede emanar del pueblo, incluso cuando muchos españoles también plantean la necesidad de su misma Reforma. No se cansan de ensalzar la bandera y el himno español, engañando y auto engañándose para aseverar que los catalanes, todos, somos y “debemos” sentirnos españoles. Cuando en las urnas, al igual que en las casas, en las calles y en las plazas, en el campo y en la ciudad, una gran cantidad de personas emitimos nuestros votos para decidir lo contrario.

Ni a pesar del 1 de Octubre, con los impedimentos en el discurso, la justicia y la fuerza policial, cuando muchos catalanes acudieron a las urnas “ilegales” del Referéndum, y tampoco después del 21 de Diciembre, en unas nuevas elecciones “autonómicas”, impuestas por la aplicación de un Artículo de la Constitución española, el 155, esta vez con urnas “legales”, fechas en las que los catalanes votamos, una y otra vez, de forma que los partidos independentistas pueden tener mayoría parlamentaria y formar gobierno, ni así, el Estado español quiere respetar los resultados del derecho a decidir. El Parlamento catalán ya declaró después del 1-O la República catalana, aunque enseguida, y considerando nuevamente la posibilidad del diálogo, se suspendió la implementación de la secesión para buscar acuerdos políticos con el Reino de España. La respuesta como ya soslayamos fue la aplicación del Art. 155 para intervenir integralmente al gobierno catalán. Entonces los independentistas, evitando el enfrentamiento, siempre con la Paz como emblema máximo de nuestras aspiraciones, volvimos a aceptar ir a las urnas “legales” del 21-D. Ahora, ya con rehenes en las cárceles castellanas y con representantes electos fuera del territorio, también las condiciones impuestas son intransigentes. Esto nos está llevando a un callejón del que no se logra encontrar la salida, porque si de alguna manera Cataluña intentara no acatar los dictámenes del Estado español, este estaría dispuesto a intervenir nuevamente. Pero los catalanes no queremos pelear, otra vez la Paz nos ayuda a no perder la paciencia, y también la conciencia, el “seny”, y a ahuyentar la violencia y también la locura, la “rauxa”.

Está claro que hasta que Cataluña no tenga su Estado propio, las demás naciones difícilmente lo reconocerán, o ¿por ejemplo, alguien sabía dónde estaban Bosnia Herzegovina, Croacia, Moldavia, Azerbaiyán o Belice, hasta hace no muchos años, o a México, Perú o Argentina antes de su Independencia a principios del siglo XIX? Estos momentos para los catalanes tienen un carácter histórico transcendental ya que el futuro cercano no augura mejoras en las relaciones con España, al contrario, día con día las tensiones son mayores, muchos españoles creen que ya evitaron la secesión, pero una gran multitud de catalanes están convencidos de que la Independencia es un hecho de facto. La internacionalización del proceso cada vez crece más, y semana con semana organismos internacionales como la Comunidad Económica Europea, la Organización de las Naciones Unidas, o Amnistía internacional, manifiestan opiniones y recomendaciones, y externan su preocupación. Algunos estados nacionales se quedan al margen señalando que se trata de asuntos internos en España, y otros abiertamente dicen que nunca reconocerían a Cataluña como un estado propio. Incluso las relaciones internacionales en España se vienen complicando cuando ya algunos cónsules están siendo retirados de sus cargos por sus gobiernos, debido a la solicitud y presiones del Estado español.

Sólo parece que estemos a la espera de que un acto sublime, como aquella marcha pacífica que Gandhi realizó en búsqueda de la sal en la India colonial de sus días, en el que los catalanes nos apropiemos de nuestro patrimonio más legítimo, seguramente en las fuentes sagradas de las montañas; cuando los Drones muestren a medio mundo procesiones de catalanes felices, yendo a tomar agua en los santuarios de Montserrat y de Núria, o en el lago de San Mauricio. Entonces ya no serán necesarias explicaciones de quiénes somos, qué queremos y con quiénes queremos estar, y, ni los jueces, con sus Tribunales Constitucionales, ni la Policía Nacional, a golpes de porras y con pelotas de goma, que no de metal,  podrán evitar que Cataluña se manifieste como un nuevo Estado nacional. Y eso sucederá más temprano que tarde, porque entre los pueblos, al igual que entre las personas, el principal derecho es la Paz, hecho que respetamos tanto españoles como catalanes.

Y que todos fuera de España sepan que el proceso que estamos viviendo proviene de los deseos de los ciudadanos (no los del partido con ese nombre, claro está), y no, como insiste el Estado español, de un grupo de políticos extremistas y manipuladores, “rebeldes, sediciosos, malversadores de fondos públicos”, “miembros de un sociedad delictiva”, y “fugados de la justicia”. Ahora empresas públicas y el mismo gobierno de la Generalitat ya han recibido de parte del Secretario de Hacienda del Estado español el requerimiento para investigar por razones ideológicas a, por ejemplo, algunos medios y periodistas críticos, cruzando la delgada línea entre el investigar y el perseguir, dando inicio a una verdadera “cacería de brujas”.

Siento de repente un retroceso a aquella infancia, pues parece que seguimos en los años desgastados de una dictadura que todavía busca perpetuarse, sin respetar derechos fundamentales de los pueblos.

Para terminar, regresamos al Casal, para apuntar que los seres humanos en el asociacionismo nos ponemos a prueba, y es ahí, en esa convivencia familiar, comprometida y permanente, donde los egoísmos, las diferencias y también los amores y las pasiones se desatan y denotan. El objetivo en el Casal nunca se pierde de vista: promover y difundir la cultura catalana. Durante este katún, en estos 20 años pues, vivimos momentos intensos de catalanismo que hemos podido compartir con la comunidad yucateca. Desde las múltiples demostraciones gastronómicas y etílicas en los Sant Jordi’s, Sant Joan’s y Nadal’s, hasta las profundas reflexiones de aquel coloquio de mayas y catalanes, pasando por los cursos de lengua catalana, de vientos metales o de repostería, bailando una noche de sardanas en la Plaza Grande, recorriendo exposiciones de Gaudí, Dalí, del President Francesc Macià, de los Paisajes de Cataluña o la de las Mujeres escritoras. Disfrutando de películas y documentales, conciertos y canciones, escuchando poesía, conferencias magistrales, y, claro, cantando los goles y las copas del Barça también. Ahora queremos con este comunicado, ser eco y explicar el proceso que estamos transitando como nación sin Estado…, todavía.